¿Qué es un élder?

Siempre he tenido una gran fe en el ser humano. Con sus miserias, sus conflictos, o sus dificultades para vivir la vida desde la tolerancia y el respeto. Cuando me preguntan cómo podríamos crear emprendimientos y comunidades sostenibles, capaces de aprender del conflicto y no acabar destruidos por él, mi respuesta es sencilla: creemos espacios de participación que acojan todas las voces. Espacios en los que poder hablar y escuchar, desde la palabra honesta, desde el silencio y el respeto, desde la aceptación de quienes se muestran diferentes, aunque no nos guste lo que dicen, ni tampoco cómo lo dicen. Espacios acogedores y seguros en los que poder abrirnos, mostrar nuestros miedos y barreras, nuestra tristeza o rabia, tanto como nuestra alegría o determinación, nuestra claridad, comprensión y amor. Espacios en los que procesar nuestras diferencias y reconocernos en lo que somos en el espejo de los otros.

No conozco muchos grupos que utilicen tales espacios. Y es que no es fácil, porque ¿quién los podría sostener? En cuanto el conflicto se extiende el grupo se polariza, dejando sin espacio a quienes prefieren conciliar posiciones o, simplemente, mantenerse al margen. Y aunque algunas personas puedan permanecer neutrales, ni siquiera es suficiente para sostener un espacio así. Se necesitan personas que no toman partido y tampoco se mantienen al margen, sino que se sientan en el fuego del conflicto acogiendo amorosamente a quienes defienden una idea y a quienes defienden la contraria. No juzgan a nadie ni buscan convencernos de una verdad que no tienen, tampoco pretenden mediar entre partes enfrentadas ni tienen como objetivo la reconciliación y el perdón. Simplemente están, conscientemente presentes, en una escucha sin juicio, acompañando las personas y el proceso que están viviendo, abiertas a lo desconocido que pueda surgir en cualquier instante. Personas con la sabiduría y compasión del élder.

En su libro Sentados en el fuego, Arnold Mindell introduce el rol del élder como aquél capaz de representar todas las voces, de sostener el espacio grupal sin pronunciarse a favor de una u otra opción, de mostrar igual compasión por quien tiene poder y por quien no lo tiene, por quien se queja abierta o calladamente del trato recibido y por quien se excusa diciendo que no entiende nada, que no se siente responsable de lo que le ocurre a los demás. Como rol, el élder no tiene edad, cualquier persona puede jugarlo, o al menos intentarlo, aunque lo habitual es que aparezca en el campo grupal cuando menos se le espera. Como personas, para dar paso al élder que llevamos dentro, necesitamos desprendernos de todo aquello que nos oprime, aquello que nos impide expresarnos con mayor conciencia y libertad, para desde ahí actuar con amor y compasión.

"Un élder, sea cual sea su edad, tiene que sentirse libre para plantear asuntos delicados, para representar a todas las partes. Cuando la gente se rebela contra los dictados de la mayoría, el élder no se pone ni a favor ni en contra de los que protestan, ni a favor ni en contra de la mayoría." — Arnold Mindell

La función del élder es crear y sostener un espacio en el que la gente pueda hablar su verdad, sin temor a sufrir daños, sin temor a ser callados o violentados por quien tiene más poder o por quien hace uso de su poco poder para vengarse de viejas heridas, y sin temor de ser juzgados, criticados o acusados por nuestros supuestos abusos de poder. Un espacio de seguridad, de inclusión, de aprecio por lo diferente, un espacio que favorece la participación y el diálogo. No resulta fácil crear y sostener un espacio así. Es demasiado fácil tomar partido, terminar pensando que alguien tiene razón, o que algunas personas se equivocan completamente en lo que dicen, o en cómo lo dicen. Se necesita mucha experiencia y haber participado en muchos grupos, en muchos conflictos, para mantener la ecuanimidad. Se necesita aprender a reconocer los roles con los que nos mostramos a los demás, reconocernos no sólo como víctimas sino también como posibles agresores. Para ello, hemos de quemar nuestra leña, ganar conciencia de aquellos comportamientos dañinos que nos cuesta ver, superar los deseos de venganza por el dolor que otros nos infligen.

Todos los grupos deberían dar cabida al rol del élder. Y no sólo aquellos grupos formales con importantes objetivos, como empresas y organizaciones. Su presencia es igualmente valiosa en esos grupos informales que constituyen el grueso de nuestras relaciones: pareja, familia, amigos, grupos de interés, redes sociales... Un grupo que se abre a la compasión del élder está plantando las semillas para un futuro amable y próspero. Como personas, podemos educarnos para traer la voz del élder cuando sea necesario, podemos aprender y practicar las cualidades que lo hacen posible, podemos aprender a sentir el espacio grupal en su totalidad e intentar expresarnos desde ahí. Como personas podemos ganar más consciencia de quiénes somos y desarrollar una actitud de mayor presencia, de mayor apertura a lo que es en cada instante. Pero no debemos olvidar nunca que el élder es un rol del campo grupal, un rol que no poseemos ni controlamos, y que sólo aparece cuando se dan las condiciones para ello, cuando el grupo se permite acogerlo. Depende de todo un grupo que el élder se manifieste, depende de nosotros estar preparados para darle voz cuando quiera aparecer.