Ulises - Nota Biográfica
Nací un 7 de Octubre de 1962, año del Tigre según el calendario chino, Libra-Libra según el horóscopo del mes, en Zaragoza, en pleno valle del Ebro y no lejos de las áridas tierras de Los Monegros, en una época en que todavía se caminaba mucho y se comía pan con vino y azúcar para merendar.
No tengo apenas recuerdos de mi infancia hasta los 5-6 años, aunque a base de haberme contado la misma historia tantas veces, más de una vez me veo con apenas dos años parado delante de una acequia de riego llorando por no poder cruzar, cuando iba camino de casa de mis abuelos que vivían a un par de kilómetros de distancia. Fue mi primera escapada del hogar, en mi deseo de conocer el mundo, un deseo que habrá de acompañarme el resto de mi vida. Mi familia —una familia extensa: hermanos, padres, tíos, abuelos— vivía en una 'torre', una casa agrícola en las afueras de la ciudad. La escuela nos quedaba lejos, y no estaba en la ciudad, sino más a las afueras, había que caminar una larga media hora para llegar. Sólo íbamos chavales de las 'torres', todos los chicos en una clase, las chicas en otra, los recreos también separados, aunque no nos importaba mucho, la verdad. Tenía algo bueno, con todo, aquella escuela: sólo íbamos a clase por las mañanas, de 9 a 2. Las tardes las teníamos libres, para jugar con los amigos y recorrer los campos y montes que se extendían entre el Ebro y el Canal Imperial de Aragón, siempre hacia el Este.
Ya de pequeño aprendí que la vida no era fácil y que había que ganarla con esfuerzo y dedicación. Los estudios se me daban bien y siempre sacaba buenas notas. Eso no era un problema. El esfuerzo había que hacerlo en ayudar a la familia, en alguno de los innumerables trabajos caseros que mi padre buscaba para complementar la paga laboral, de por sí escasa. Como niño pequeño, que no entiende de las dificultades de los adultos, solía quejarme más de una vez de este trabajo infantil que me quitaba horas de juego. Ahora, sólo podría agradecer a mis padres por todo el esfuerzo que hicieron en sacarnos adelante. Por lo demás, una vez que cumplíamos con nuestras obligaciones, teníamos una gran libertad para movernos de un sitio a otro, sin tener que pedir permisos, y tan pronto podíamos merodear en torno a la casa, como hallarnos a varios kilómetros de distancia cuando cogíamos las bicis y nos íbamos con los amigos canal alante. Esta libertad de movimientos, seguramente posible porque no había apenas coches ni peligros aparentes, también es algo que tengo que agradecer a mis padres.
Las buenas notas en el ‘cole’, y la recomendación de un tío fraile que sabía de estas cosas, animaron a mis padres a que fuera al Instituto, a estudiar bachillerato, algo que en aquella época todavía no alcanzaba a todas las familias de pocos recursos. Y después a la Universidad, aunque eso sí, siempre pendiente de la advertencia de mi padre: 'estudiarás mientras tengas beca. Si pierdes la beca, no te podremos pagar los estudios'. Entré en la Universidad de Zaragoza en 1980, donde estudié Matemáticas, con buenas notas y beca. Me licencié en 1985 y me quedé merodeando por la Universidad unos años más en distintos puestos de profesor asistente.

Podría seguir hablando de mi carrera universitaria, y algunas líneas más diré. Pero antes quisiera traer aquí algunos hechos que creo son más importantes en determinar lo que una persona llega a ser que la simple formación académica. Cuando estaba en mi tercer año de bachillerato, con 17 años, empecé a simpatizar con cierta rebeldía que no se había mostrado antes. Las dificultades e injusticias que había vivido de niño —ahora se que todos los niños sufren pequeños abusos de sus padres que tardan en sanar— me llevaron a conectar con un espíritu rebelde que tanto se expresaba en un resuelto interés por lecturas de poetas malditos, como en una militancia activa en partidos de izquierda que hablaban de hacer la revolución y cambiar el mundo, a más de de mostrar un absoluto desdén por los estudios y por las normas familiares. Esta actitud rebelde —contra la familia, la escuela, la sociedad—, se reforzaba con una presencia constante en ciertos bares y ambientes, frecuentados por algunas personalidades ilustres de la ciudad, adonde acudía junto con quienes después serían mis amigos, y en los que buscábamos transgredir las normas sociales que vivíamos como impuestas, o al menos quejarnos de ellas. En el ambiente no faltaban los porros, la caña y los chatos de vino; ni la música de Labordeta, Victor Jara o Bob Dylan; o la lectura de André Breton, Lautreamont o Louis Aragon. Nos llamábamos ‘pasotas’, pues decíamos que ‘pasábamos de todo’, pensando, inocentemente, que el mundo no estaba hecho para nosotros y aceptando, fatalistamente, que tampoco éramos nosotros quienes teníamos que resolverlo. Afortunadamente este ‘pasotismo’, que más tarde volví a reencontrar en París en el ‘je-m’en-foutisme’ de una generación que no veía futuro, a mi personalmente no me duró mucho, y ya en primer año de universidad había vuelto a los estudios y a sacar buenas notas, aunque soy consciente que otros se quedaron enganchados y en una deriva, ahora sí trágica de verdad, hacia ninguna parte, a lomos de la más peligrosa de las bestias surgida hasta entonces de la imaginación humana: el ‘caballo’.
Años de escuela para chicos —no en balde fui al único instituto público masculino, tenía fama de ser el mejor— no impidieron que las chicas empezaran a entrar en mis preocupaciones cotidianas, aunque el amor no hizo su aparición definitiva hasta que ya había pasado los 17. Podría decir muchas cosas de mi primer gran experiencia amorosa, que fue realmente muy bonita y que disfruté mucho. Todavía recuerdo con gran placer algunos de los momentos mágicos que pasamos juntos, mientras descubríamos la ciudad en cada encuentro. Desgraciadamente ese amor tan puro me pilló demasiado joven —lo sé, el amor siempre nos pilla demasiado jóvenes—, y no supe terminar bien una historia que tampoco podía continuar más. No supe valorar todo lo que me había aportado o lo afortunado que había sido, y para mi vergüenza, me limité a dejarla pasar, sin un reconocimiento expreso o un merecido duelo.

Tras acabar los estudios de matemáticas —así del tirón, sin apenas darme cuenta de lo que estaba haciendo— me quedé por la Universidad trabajando de ‘profe’ en distintos centros, principalmente en las escuelas de ingenieros. Fueron nueve largos y entretenidos años que acabaron cuando un día me sentí simplemente cansado de seguir en un juego que ya no aportaba mucho a mi vida: el de asegurar un puesto de trabajo. Por muy cómodo que fuera trabajar en la Universidad no dejaba de ser un trabajo más, con sus obligaciones y normas, que no estaban hechas para mi. Para muchos mi salida de la ‘Uni’ no fue más que un caso típico de infantilismo, de incapacidad para reconocer y vivir en el mundo real de los adultos. Para mi fue más bien una necesidad de cambiar y buscar nuevos horizontes. No me queda mal recuerdo de aquellos años. Aprendí por fin matemáticas, lo que no ocurrió cuando estudiaba, más dedicado a absorber que a digerir. Como docente me sentía tan comprometido con mis alumnos, que me esforcé primero por comprender bien la materia y después por buscar maneras de enseñar que hicieran accesible a todo el mundo lo que para mi empezaba a ser un universo realmente maravilloso.
Es entonces que comprendí que las matemáticas, en mi forma de entenderlas, tenían poco que ver con los números, y mucho con la geometría, la topología y las dificultades inherentes a un concepto tan resbaladizo como el de ‘espacio’. Todavía hoy, este concepto de espacio, ahora cargado de una capacidad generativa inaudita y con nuevos nombres, como ‘campo de fuerzas’, o ‘campo morfogenético’ está en el centro de mis estudios sobre los grupos y los procesos grupales. Resulta fascinante descubrir que muchos de los conceptos matemáticos que más me interesaron en mi fracasado intento de tesis, sobre todo aquellos que tenían que ver con lo que se conoce como teoría de sistemas dinámicos, o también matemática cualitativa, son de gran aplicación en el estudio de procesos grupales. El campo grupal, por ejemplo, responde a la idea de campo morfogenético, regido por una dinámica subyacente que tiene sus estados de equilibrio (que corresponden normalmente a puntos de mínima energía del sistema, en relación con las estructuras que los roles grupales establecen entre sí), sus bifucarciones (cambios en las estructuras o relaciones entre los roles), sus fases de caos y orden, etc.
Mientras tanto, mis relaciones amorosas se iban sucediendo, en típica correspondencia con lo que suele ocurrir a un joven veinteañero que, dados sus éxitos en los estudios y el trabajo, ve el mundo con cierta soberbia, como el escenario natural de sus operaciones vitales, el amor una más de ellas, claro está. Hasta que un día me enamoré de nuevo, esta vez profunda y perdidamente. Este amor, que yo viví como el más intenso que había experimentado hasta entonces, trajo muchos cambios en mi vida, algunos de los cuales afectaban directamente a mi trabajo. Las matemáticas empezaban a difuminarse en mi consciencia, las clases me parecían aburridas. Mi alma bohemia, un tanto abandonada desde los 17, resurgió con fuerza y de nuevo prefería adentrarse en el mundo de los sueños y de la poesía. En 1992 surgió Vagabundos, un pequeño panfleto de poesía y arte, que hacíamos entre algunos amigos y que apenas se distribuía en unos pocos bares y quioscos de la ciudad. Durante unos años nos hicimos notar en unos cuantos lugares con nuestros recitales poético musicales, nuestras tertulias en la Vía Láctea y un programa en la radio. Fue una época bonita que marcaba el final de un ciclo. Había llegado a los 30 años y Zaragoza no me daba todo lo que buscaba. Tampoco el amor me dio lo yo que esperaba. Con el corazón roto, cierta tristeza en el cuerpo, pero también alegría por todo lo aprendido, por los nuevos caminos que el amor me permitió recorrer, me dispuse a emprender un gran viaje, seguramente la transición más grande que he hecho en mi vida.

En 1994 dejé definitivamente de ser profesor de la Universidad de Zaragoza, a la que todavía volvería años más tarde, aunque esta vez para enseñar en un ámbito totalmente distinto: facilitación de grupos y resolución de conflictos. No es fácil dilucidar las razones que nos llevan a tomar determinadas decisiones, sobre todo las importantes. En mi caso, dejar la Universidad era algo más que dejar un buen trabajo, lo que yo quería era dejarlo todo. Quería dejar mi ciudad, alejarme al menos temporalmente de mi familia, de mis amigos de toda la vida, quería romper un cascarón que me aprisionaba con fuerza y del que era consciente que si no lo rompía pronto, podría atraparme para siempre. Tenía que hacer algo que hacía tiempo me rondaba: llegar a los límites del mundo, allá donde se juntan los pioneros de todos los siglos, los grandes descubridores. Esos límites sólo me parecían entonces visibles desde ciudades como París, Berlín o Nueva York. Sólo desde el uso de otras lenguas como el francés, el inglés o el ruso. Sólo desde artes como la poesía o el cine, o... desde el estudio de la filosofía.
Así que en 1994, con 32 años, me presenté en París, en casa de un amigo chileno, dispuesto a quedarme mucho tiempo, y listo para vivir, o al menos sentir el roce de experiencias tan fascinantes como las que pudieran haber sentido Picasso o Henry Miller en diferentes épocas, pero siempre en un ambiente cultural de cafés y terrazas en los que se hablara de arte, poesía y filosofía. Estudiar filosofía en la Sorbona iba con el paquete de descubrimiento, era una puerta de entrada al mágico mundo de la Cultura con mayúsculas.
Ya en años anteriores, y todavía trabajando en la Universidad, había aprovechado los veranos para conocer Europa. Visité muchos países con Interrail, pero me centré por un tiempo en Alemania, aprendí la lengua, me acerqué a su cultura, me dejé fascinar por el empuje del movimiento ecologista, o por la fuerza de la contracultura libertaria que se daba en ciudades como Berlín. También en 1992 pasé unos meses en San Petersburgo, y en otros lugares de Rusia, con la misma idea de acercarme al alma rusa a través de un conocimiento profundo del idioma —lo que nunca conseguí, claro—, pero nunca me había atrevido a dar el salto definitivo. Ahora, ya asentado en París, el mundo germano me parecía un tanto grotesco y falto de la innata alegría de los latinos; el mundo eslavo, algo lejano y sólo para sueños profundos que hablaban de soledad y frío.
Aprendí el francés a golpe de lecturas y diccionario. En clase, al principio no me enteraba de nada, pero la carencia la suplía con más lectura y trabajo. Al final conseguía sacar buenas notas, aunque sólo fuera para seguir una tradición que no me disgustaba. Aprendí mucho y bueno, tuve la suerte de recibir clases verdaderamente magistrales, de conocer a Derrida y a Badiou en alguna de sus clases. Echaba en falta a Foucault y Deleuze, mis maestros, el primero muerto hacía unos años, el segundo, ya retirado, murió en mi primer año de estancia en París.
En los tres años que estuve en París pude experimentar momentos buenos y malos, pero nunca dejé de pensar que estaba viviendo una experiencia única. Vivía modestamente de los ahorros y de algunas clases de lógica. Apenas me llegaba para pagar el alquiler, la comida y un par de cervezas por semana. Pero París siempre me fascinaba, sus calles, sus librerías, sus cafés, su gente, mi barrio, en el Boulevard de Charonne, cerca de la Place de la Réunion, cerca del Piston Pelican, el Gobe Lune y la Flèche D'Or, mis bares favoritos.
Cuando en 1997 dejé París para volver a España, con una Licence bajo el brazo, fue una decisión dura. No era mi intención, pero no tenía un duro y tampoco quería vivir en París trabajando todo el día para apenas mantenerme. Me iba con la firme intención de volver. Estaba embarcado en un proyecto de fin de carrera, que me encantaba pues unía filosofía y matemáticas, partiendo de algunas ideas de la Teoría de Catástrofes de René Thom, y pensaba que éste sería el lazo que me obligaría a volver una y otra vez a París. No volví, salvo para una visita años más tarde. Es curioso cómo la vida se burla una y otra vez de nuestras intenciones, o mejor dicho de nuestra torpeza en seguir un paso que ella marca con descaro. Aprender a danzar con la vida se convertiría con los años en una de mis metas. Sigo en ello, no se me olvida que la vida es mi principal razón para seguir viviendo. Como tampoco se me olvida que París siempre será el lugar al que volveré algún día.

Al volver de París conseguí una plaza de profesor asociado en la Universidad de Huelva y allí me fui, presto a conocer el alma andaluza y ese Sur que forma parte de nuestro inconsciente colectivo. Me instalé en Sevilla, en el barrio más castizo de la ciudad, La Macarena, donde todavía se respiraba un ambiente de barrio, con cercanía en la gente, entre calles estrechas y patios interiores. Pronto me acostumbré a la ‘cultura’ del lugar, a los finos y las tapas, a las largas veladas en las terrazas y a una vida social intensa, marcada por mi conexión con personas y grupos que reivindicaban una ciudad menos especuladora y más próxima a las preocupaciones de sus habitantes.
En mis ratos libres me recorrí Andalucía de punta a punta, siempre en busca de experiencias pioneras en volver al campo, algunos ocupando tierras y haciendas que yacían abandonadas y que sin duda merecían, aunque sólo fuera por un motivo tan simple como que la Historia hiciera justicia. Fue entonces que empecé a oír hablar de ocupación rural, de agricultura ecológica, y también de vivir en comunidad. El germen de una nueva transición estaba brotando. Había vivido en París, había recorrido toda Europa, me había estremecido con los mundos ‘exopotámicos’ que habían creado los grandes escritores y artistas, pero no era suficiente, apenas un bálsamo para mi espíritu inquieto. Ahora sentía una urgencia mayor. Una nueva Idea empezaba a tomar forma en vida.
Aunque entonces todavía no tenía una palabra para esta Idea, más tarde la llamaría ‘ecoaldea’ o también ‘comunidad sostenible’. Las matemáticas y la filosofía me habían enseñado muchas cosas, pero no me habían preparado para lo que entonces ya vislumbraba como una necesidad básica y a la que había que dar una respuesta urgente: vivir de una manera más sostenible en el planeta. Hasta entonces nunca me había planteado mi forma de vida, aceptando sin más la forma de vida mayoritaria, que apenas es consciente de su impacto en la naturaleza —en forma de contaminación de agua, aire y suelos, agotamiento de recursos, cambio climático, etc.—, como tampoco lo es de la violencia que recorre nuestras relaciones personales e institucionales —una violencia física que todavía es visible en la familia, en la política y en la calle, donde se muestra como consecuencia de una violencia cultural que impregna nuestra forma de comunicar y relacionarnos, y que se refleja en muchas de nuestras estructuras organizativas y decisorias—. Sin saberlo, yo mismo estaba contribuyendo a un mundo insostenible, la violencia contra la gente o el planeta también estaba en mi.

Así que en 1999 deje Andalucía dispuesto a comenzar una nueva transición en mi vida, esta vez hacia una forma de vida más cercana a la Tierra. El lugar que reunía mejores condiciones para ello lo conocía desde hacía tiempo. Se trataba de un pequeño núcleo en el Prepirineo Aragonés, que había estado abandonado desde los años 60 y que estaba siendo ahora recuperado por algunas personas. Su nombre: Artosilla. El verano del 98 había conocido la Red Global de Ecoaldeas, también conocida como GEN (Global Ecovillage Network), en una presentación de su entonces presidente que me fascinó. El modelo de las ecoaldeas respondía totalmente a las inquietudes que me rondaban en los últimos dos años, pues reunía en un mismo cuerpo teórico, visible en la práctica de las ecoaldeas existentes, ideas que referían a una sostenibilidad no sólo ecológica, sino también económica, social y cultural, introduciendo una dimensión espiritual que, aunque novedosa para mi, terminé por comprender y aceptar en la forma de una espiritualidad inmanente, cuyas principales premisas son la interconexión de todo lo que existe —seres humanos, seres vivos, seres inanimados, Gaia— y la aceptación del otro como un maestro —el otro cercano, el otro diferente, el otro extraño—, algo que los budistas llaman ‘compasión’. Ni que decir tiene que lo primero que pensé, después de aquella presentación, era que había que transformar Artosilla en una ecoaldea. Creía, no sin cierta ingenuidad, que esta idea sería igualmente atractiva para el resto de vecinos, pues con sus más y sus menos, varios de ellos me habían dado a entender que también aspiraban a una forma de vida más simple y con menor impacto sobre el planeta. Y aunque en el verano del 99 organizamos en Artosilla el II Encuentro de Ecoaldeas, ahí acabó todo. Artosilla, por decisión de sus vecinos, no quiso ser una ecoaldea.
Por mi parte, seguí adelante difundiendo en todos lados el modelo de las ecoaldeas y, casi sin quererlo, me convertí de pronto en el primer coordinador de la que un día llamaríamos Red Ibérica de Ecoaldeas, RIE. Participé en charlas y presentaciones, escribí sobre ecoaldeas en diferentes medios, ayudé a coordinar varios encuentros de ecoaldeas, así hasta que la RIE se consolidó como red y empecé a dedicarme a otras cosas. Pronto conocí la Red Europea de Ecoaldeas, GEN-Europe, y durante años he participado en el encuentro anual que se celebra cada vez en un país diferente. Esto me ha permitido visitar y conocer numerosas ecoaldeas europeas —después visitaría ecoaldeas en todo el mundo— y profundizar en un modelo que, aun estando todavía en construcción, se puede considerar como un gran laboratorio de experimentación para un futuro más sostenible. Desde GEN hemos asumido que no se van a crear muchas ecoaldeas nuevas en los próximos años, pues las exigencias son muchas, pero sí somos conscientes de que las ecoaldeas existentes son un magnífico laboratorio en el que desarrollar ideas que luego pueden ser trasladadas a las comunidades locales existentes, pueblos o barrios.
En el año 2009 la editorial Nous publicó ‘Camino se hace al andar. Del individuo moderno a la comunidad sostenible’, un libro que fui cocinando durante varios años y que recoge gran parte de mis ideas sobre el tema. La tesis central del libro es sencilla: el ser humano occidental ha seguido un largo proceso, de miles de años, hasta llegar a ser el individuo que ahora conocemos. Un individuo con suficientes derechos como para limitar los abusos que durante tanto tiempo se han inflingido sobre él, y con suficientes libertades como para poder desarrollar al máximo su capacidad creativa. La idea del individuo moderno y liberal ha sido, sin duda, un gran logro para la humanidad. Pero como toda idea, puede empezar a estar yendo demasiado lejos. El individuo moderno neoliberal, pálido reflejo del anterior, ha superado el límite de su capacidad para dar respuesta a los problemas a los que se enfrenta la humanidad en la actualidad. Sus acciones, más que contribuir a un futuro mejor, están destruyendo el planeta y favoreciendo la desigualdad social. Por su parte, la comunidad ha seguido un camino casi contrario: de las primeras comunidades primitivas, fuertes y bien organizadas en su necesidad de dar respuestas adecuadas a un entorno hostil, hemos pasado a una descomposición casi total de la idea de comunidad, apenas visible en las comunidades tradicionales de los ‘países del Sur’ y en una comunidad rural en peligro de extinción en los ‘países del Norte’. Ahora es el momento de que ambas ideas se encuentren en una ‘comunidad de individuos participantes’, una comunidad formada por individuos conscientes de que su ser individual no queda determinado por ninguna idea concreta, sino en la propia participación, una comunidad que se organizaría en diferentes niveles en los que cubrir diferentes necesidades y con diferentes estructuras de organización y gobierno —desde la comunidad intencional o familiar, hasta la gran comunidad global, pasando por la comunidad local y biorregional—, y que se deja atravesar por numerosas redes sociales, o comunidades no localizadas, cuya principal finalidad es favorecer la expresión creativa del ser humano, desbordando con ello la conciencia individual y contribuyendo a crear una nueva conciencia global, algo que ahora se conoce como noosfera. Para pasar de una idea a otra se necesitan personas capaces de hacer la transición y servir de modelo, hasta alcanzar esa famosa ‘masa crítica’ que, según la teoría de sistemas dinámicos, podría desestabilizar la dinámica social actual y empujar el sistema en una nueva dirección. A ellas va dedicada mi libro, a los miles de personas en todo el mundo que comparten una visión similar y han iniciado una transición, la mayoría de las veces difícil, hacia una forma de vida más sostenible. La tercera parte del libro ofrece herramientas para llevar a cabo esta transición tan difícil como necesaria.

En el año 2000 comencé a construirme mi casa en Artosilla. Fue un trabajo arduo y que duró casi 8 años. La empecé con mucha ilusión, devorando libros de auto-construcción y construcción ecológica, mientras hacía un diseño ajustado a la ruina sobre la que habría de levantar la casa. Pero los conflictos surgieron pronto y esa ilusión inicial se fue apagando. Cuando las cosas parecían marchar un poco mejor, me animaba y daba un empujón a la obra. Cuando empeoraban, la dejaba parada y me preguntaba si debía seguir. Esta duda me ha acompañado todos estos años y todavía la arrastro. Tuve que trabajar duro para poder pagar la casa, pues aunque yo participé en su diseño y construcción, tuve que comprar materiales y pagar mano de obra. Para poder financiarla busque trabajo en la docencia. Así, de 2002 a 2004 estuve trabajando como maestro de secundaria en varios pueblos de Aragón. Un año después estaba dando clases en una ‘high school’ de Los Angeles, experiencia de la que hablaré más abajo, y que también sirvió para financiar largamente los gastos de construcción.
Mi trabajo con adolescentes fue muy enriquecedor. No me costó mucho entenderme con ellos, a la vez que me iba haciendo una idea de las principales dificultades y conflictos que va a tener que encarar el sistema escolar en los próximos años. Si algo me quedó claro es que la culpa del actual fracaso escolar no es de los alumnos, ni de los profesores, ni de los padres, ni de los administradores..., es decir no tiene sentido buscar culpables en las personas responsables de la educación de nuestros hijos. Hay alumnos difíciles, como hay profesores poco preparados, administradores incompetentes o padres dejados. Pero lo habitual fue encontrarme con personas con una gran voluntad y generosidad, aunque tal vez sin las herramientas necesarias para encarar esas dificultades. Desde mi conocimiento actual, como facilitador de procesos grupales, veo dos grandes problemas en el sistema escolar, no muy diferentes de otros sistemas en los que se organiza la sociedad actual (familia, trabajo, administración pública, gobierno, etc.). El primero es que la escuela, tal y como hoy la conocemos, es una estructura anticuada, tal vez apta para la educación cuando surgió en el siglo XIX, pero inútil para las exigencias educativas actuales. Su expresión física, más parecida a una cárcel, convierte a los maestros en guardianes del orden, y a los alumnos en reos, castigados al silencio, la inactividad y la recepción pasiva de contenidos. En un esquema así el control estricto y la disciplina férrea parecen ser las únicas herramientas para mantener el orden y garantizar el aprendizaje. El problema es que ambas parecen incompatibles con el fomento de valores como la libertad, la tolerancia, la creatividad..., pero sobre todo son incompatibles con un principio que rige todos los sistemas vivos y que les hace ser fuertes y resilientes: la autoorganización. Si algo tengo claro es que la escuela del futuro, como ya se está viendo en ciertas experiencias escolares alternativas, ha de funcionar bajo este simple principio: ha de ser un sistema autoorganizado construido a partir de la colaboración de todas las partes implicadas y que pueda satisfacer las necesidades de todas ellas, incluidas las de los niños y jóvenes estudiantes. Una sociedad que habla de valores como la igualdad, la libertad, la democracia o la solidaridad, no puede tener una escuela pensada inicialmente para el control y la sumisión.
El segundo problema de la escuela es más general y afecta a la sociedad en su conjunto. Tiene que ver con la violencia presente en nuestra cultura, en nuestras relaciones y en la comunicación. Para enfrentar esta violencia se necesita un gran cambio social y personal, que no sólo puede consistir en medidas políticas. Es necesario ganar más consciencia de cómo son nuestras relaciones y cómo nuestra forma de mostrarnos al mundo afecta a los demás. Esta consciencia está ya presente en muchas personas y se extiende con rapidez, aunque no sin resistencia. Quienes mantienen ciertos privilegios, por insignificantes que sean, tienen miedo de que esta nueva conciencia suponga una pérdida de sus privilegios. Con todo, el proceso parece imparable y podría ser incluso una característica más de la evolución del ser humano como especie. Poco a poco, una nueva cultura basada en la cooperación, en la sinergia, en una nueva conciencia integral y holística, está emergiendo y abriéndose paso entre quienes todavía se aferran a la competición, la confrontación o la idea del ‘yo gano – tú pierdes’. Esta nueva cultura forma parte de la comunidad sostenible y para muchos es el resultado inevitable de un nuevo paso evolutivo en la especie para poder afrontar los retos a los que habremos de enfrentarnos desde ahora.

En el año 2000, antes de comenzar con el desescombro de la ruina que después sería mi casa, estuve casi dos meses viajando por Sudamérica. La mayor parte del viaje fue para recorrer Chile, desde Santiago hacia el sur, hasta la Isla de Chiloé, todavía con una visible presencia mapuche. Los mejores recuerdos que guardo son los de las casas de colores en Chiloé, Valdivia y las vistas al mar desde uno de los cerros de Valparaiso, en Chile, o mi visita a Montevideo y a la Comunidad del Sur, en Uruguay. De Chile pasé a Argentina y visité la Ecovilla Gaia, con la suerte de coincidir con el Primer Congreso de Permacultura de Latinoamerica. Aunque conocía la palabra, este encuentro fue mi primer contacto serio con la permacultura, otra de las grandes ideas que forman parte de la comunidad sostenible. La permacultura, o cultura permanente, trata de reproducir los ciclos de la naturaleza en el diseño de asentamientos humanos. Tomando como modelo de ecosistema completo el bosque maduro u otros ecosistemas complejos y resilientes, que contienen una gran diversidad de especies y de relaciones cíclicas —el desecho de unos es alimento para otros—, la permacultura trata de aplicar las mismas ideas y principios, que tan bien funcionan en esos ecosistemas, al diseño de espacios humanos, tanto de fincas productivas, como pequeñas o grandes comunidades, rurales y urbanas. Dos años más tarde, yo mismo me formaría en permacultura, como parte de mi proceso de re-aprendizaje para una forma de vida más simple y sostenible. Aunque no me considero un permacultor, valoro profundamente sus ideas y principios.
Un año después de mi primera visita a tierras americanas, en el 2001, ya no sabía si seguir con la construcción de la casa. En Ecovilla Gaia había conocido a Bea Briggs, una experta en facilitación de grupos y toma de decisiones por consenso, que más tarde se convertiría en mi maestra y amiga. Su taller sobre consenso me impactó de tal manera, que cuando volví a Artosilla propuse a los vecinos aplicar estas ideas en nuestras asambleas, para ver si así podíamos reducir de alguna manera la tensión existente, que ya existía antes de que yo llegara. Aunque al principio los resultados fueron alentadores, pronto se vio que no era suficiente. En unos meses el conflicto entre nosotros era insoportable. Por mi parte, lejos de ayudar a reducir la tensión, mi poco conocimiento de facilitación de grupos y mi mucha inconsciencia de cómo mis actos podían resultar agresivos para otras personas, contribuyeron a empeorar las cosas. Claro que esto no lo podía saber entonces, pues como tantas otras personas involucradas en un conflicto, pensaba que yo lo estaba haciendo bien, y que eran los otros quienes se equivocaban.

Un encuentro casual con un libro que alguien puso en mis manos, mientras hacía un curso de diseño de ecoaldeas en Findhorn, una de las más celebres ecoaldeas europeas, me sirvió para empezar a comprender todo lo que estaba pasando en Artosilla y a mi mismo. A modo de paréntesis diré que el primer conflicto serio en Artosilla me sumió en una profunda depresión y tristeza. Lo había dejado todo para ir a vivir a un pequeño lugar, casi perdido, de las montañas, e iniciar una nueva vida que recogiera mis inquietudes más recientes. Creía firmemente que vivir en una pequeña comunidad rural y autosuficiente era el auténtico camino hacia la sostenibilidad. Y de pronto me veía inmerso en un conflicto que no entendía, que me desbordaba por todos lados, y que me dejaba sin respuestas ni alternativas. Todo por lo que había apostado se esfumaba de repente, mi fe en el ser humano se resquebrajó, y mi propia confianza en mi mismo cayó por los suelos.
Por eso, leer en Findhorn el libro Sentados en el Fuego, de Arnold Mindell, no sólo fue una gran ayuda para comprender la base profunda de los conflictos y, en particular, del conflicto de Artosilla; fue un rayo de esperanza que se abría ante mis ojos, una luz al final del largo túnel que estaba atravesando. A partir de esa lectura, pude ver claramente cómo mis propios actos contribuían al conflicto y, aunque no podía hacer nada para cambiar a los demás, al menos no directamente, sí podía hacer y mucho para cambiar mi propia forma de actuar. Por supuesto, eso no se aprende en un día, y de hecho todavía hoy me considero un aprendiz, pero al menos me sirvió para reconocer que cualquier intento de crear una comunidad sostenible pasa por ganar consciencia de nuestras relaciones y aprender las herramientas necesarias para favorecer unas relaciones más auténticas, más cooperativas y compasivas. El mundo no será más sostenible porque un día todas nuestras tecnologías productivas sean ‘eco’. Conocer el funcionamiento de los procesos grupales, aprender del conflicto, hacer un uso consciente del poder que tenemos, saber gestionar las emociones, mejorar nuestra comunicación, tomar decisiones acordes con la sabiduría grupal..., son elementos imprescindibles para una forma de vida sostenible. Al conjunto de técnicas, habilidades y herramientas necesarias para poder desarrollar nuestro ser participante y crear grupos y comunidades sostenibles, se le conoce como Facilitación de Grupos. Cuando acabé de leer el libro de Mindell, inmediatamente supe que ‘de mayor’ quería ser facilitador.
Afortunadamente no tuve que esperar mucho para iniciar la formación necesaria. Justo después del curso de diseño de ecoaldeas, una discípula de Mindell daba un taller sobre procesos grupales, también en Findhorn. Fueron sólo 4 días, pero me sirvieron para reconocer en la práctica lo que hasta entonces sólo conocía por la lectura de un libro. Y me reafirmaron en mi decisión de saber más. En los años siguientes, participé en numerosos talleres sobre facilitación y procesos grupales, además de asistir 3 veces al encuentro bianual de la red de trabajadores de procesos (‘Process work’ es el término que se utiliza en inglés para designar la teoría y técnicas desarrolladas por Mindell). Este encuentro, conocido como Worldwork, reúne de media a más de 400 personas de todo el mundo que utilizan las técnicas de Mindell, tanto en el trabajo de facilitación grupal como en terapia personal. Tuve la fortuna de estar en Atenas (2002), Sidney (2006) y Londres (2008).

Mis deseos por saber más de facilitación de grupos me llevaron en 2004 a los Estados Unidos, donde pasé casi 2 años. Para ganarme la vida el primer año trabajé en una escuela situada en uno de los barrios ahora más marginados de Los Angeles. Este barrio y su escuela, la Jefferson High School, había sido en los años 30-40 un importante centro de la cultura negra, tanto en el deporte, como el jazz (The Platters, Dexter Gordon, Bill Douglas) o la diplomacia (Ralph Bunche, primer afroamericano en ganar el premio Nobel). Pero en los últimos 20 años, la inmigración ha conseguido cambiar completamente el panorama del barrio, hasta el punto de echar prácticamente a las comunidades negras, desplazadas por mejicanos y otros centroamericanos. Este proceso ha ido acompañado de muchas fricciones y bastante dolor. Como docente pude sentir y vivir toda esta tensión acumulada entre negros e hispanos que llevaba, sobre todo a los jóvenes, a continuos enfrentamientos étnicos como una forma de expresar la rabia y la frustración. En una confirmación de la teoría de Mindell sobre los grupos oprimidos, negros y morenos se enfrentan entre ellos, sin darse cuenta que su verdadero opresor es un sistema controlado mayoritariamente por blancos, inexistentes en la escuela o en el barrio, pero que controlan los verdaderos resortes de poder. Al final de mi primer año como maestro pude asistir a uno de los mayores enfrentamientos entre negros e hispanos que se han producido en Los Angeles en los últimos años. Cientos de jóvenes, muchos de ellos alumnos míos, armados con bates de beisbol, palos y navajas, se estuvieron enfrentando durante varios días, tanto en la escuela como en los alrededores, en una pura expresión de rabia contenida. Aunque la policía de Los Angeles envió varios helicópteros, decenas de coches patrulla, incluso los ‘swat’ (el equivalente a los GEO españoles), nada parecía poder detener los enfrentamientos callejeros, que se saldaron con numerosos heridos graves y varios alumnos míos encarcelados.
La continua violencia que se vivía en la escuela fue excesiva para mi. No sólo había violencia entre estudiantes, los maestros también éramos blanco de su rabia acumulada. Ésta se mostraba en forma de un absoluto desprecio por nuestra labor, continuamente boicoteada por alumnos que habían perdido toda esperanza de justicia en este mundo y que se enfrentaban al ‘poder’ que yo representaba a su manera, parapeteados en barreras personales dominadas por el odio, barreras que nunca pude o supe traspasar. Soy consciente de que con sus actos sólo estaban pidiendo atención, afecto, pero yo me sentía desbordado e incapaz de ‘atender’ sus verdaderas demandas. Los acontecimientos relatados en el párrafo anterior fueron la puntilla a mi debilitada estabilidad emocional. Cuando fui a pedir la baja por estrés (de los buenos, de los que te hacen temblar el cuerpo y desencadenan ataques de pánico) descubrí también las miserias del sistema de salud usamericano. Aunque los maestros teníamos en teoría un buen seguro médico, lo cierto es que sólo cubría 11 días de baja por enfermedad. A partir del doceavo dejabas de cobrar el suelo. Poco importa que tengas una familia que mantener, o una hipoteca que pagar. El seguro deja de actuar y te quedas a expensas de lo que decida un consejo con capacidad para otorgar una ayuda extraordinaria. Conseguí acabar el curso escolar, pero mi decisión estaba tomada. No seguiría dando clases otro año más. Y menos en un sistema que premia a los colegios buenos con más dinero para inversiones y contrataciones, y castiga a los malos, como mi escuela, quitándoles el poco dinero que tienen y hacinando a los alumnos en clases de más de 40 estudiantes por aula, cuando lo que necesitan son grupos pequeños y atendidos. Mi escuela era la última del ‘ranking’ de escuelas públicas de California.
Afortunadamente mi vida fuera de la escuela era de otro color. Antes de ir hice gestiones para poder vivir en la Ecoaldea de Los Angeles, un complejo de dos bloques de apartamentos en los límites de Korea Town, no lejos de Hollywood, en el que vivíamos unas 40 personas. Mi estancia allí, además de ser placentera, me sirvió para aprender mucho de lo que sé sobre facilitación de grupos, especialmente en lo relacionado con la toma de decisiones y en el tema del empoderamiento. Viviendo allí pude conocer a muchas personas fascinantes, entre residentes e invitados. Recuerdo la sólida presencia de Starhawk, o la cercanía de Mark Lakeman, fundador de City Repair. También pude caminar por las calles de Los Angeles junto al monje budista Thich Nath Hahn. Y viajar a Portland para visitar el Process Work Institute y saludar brevemente a Arnold Mindell a quien hice una entrevista que se publicaría en EcoHabitar. Me sorprendió igualmente la variedad y riqueza de los paisajes usamericanos, especialmente ese contraste agudo entre la exuberancia de la Sierra Nevada y el desierto, justo al otro lado. Y por supuesto, bajé junto al río Colorado en mi visita al Gran Cañón. Mi aventura americana duró casi dos años. Antes de volver en mayo de 2006 a Artosilla tuve tiempo para visitar México y Cuba, lo que fue bastante instructivo.

Desde que volví desde Estados Unidos, en 2006, puse casi toda mi energía en dos grandes proyectos. Primero tenía que resolver el tema de vivir de una manera más sostenible, cosa que no es nada fácil estando solo. En Artosilla, mis vecinos no estaban muy interesados en ser una ecoaldea o comunidad sostenible, así que tenía que buscar en otro lugar. Afortunadamente mi casa estaba casi terminada, podía por tanto invitar a otras personas a que se vinieran a vivir conmigo y crear una pequeña comunidad. Y es lo que hice. En 2007 se empezó a gestar Taldea como fruto de esta intención, y un par de años más tarde habíamos terminado de perfilar el proyecto. Éramos seis personas con mucha ilusión y ganas de crecer. Desafortunadamente, nuestros vecinos de Artosilla no estaban tan entusiasmados como nosotros y nos pusieron muchos problemas, demasiados. Tantos que en octubre de 2010 decidimos disolver Taldea y explorar la posibilidad de continuar en otro lado. Sigo en ello.
Por otra parte tenía que encontrar una forma de ganarme la vida, haciendo algo que realmente respondiera a mis inquietudes. En Estados Unidos había aprendido mucho sobre facilitación de grupos y había visto que allí era una profesión en auge y bien considerada. Se me ocurrió entonces empezar a difundir el oficio en España y tratar de vivir como facilitador. En colaboración con el
IIFAC, fundado por Bea Briggs, organicé un curso de facilitación de grupos —al que asistieron sobre todo un montón de amigos—, que salió bastante bien y me animó a continuarlo en los años siguientes. Poco a poco la palabra ‘facilitación’ se ha ido conociendo mejor y se ha generado una cierta demanda. Entre varias personas creamos el IIFAC-E con el que esperamos dar conocer aún más esta herramienta, a mi modo de ver imprescindible para poder crear un mundo realmente sostenible en el plano social.
Además de ejercer de facilitador (dando charlas, talleres o como consultor de grupos), también coordino un curso de Diseño para la Sostenibilidad, GEDS, que ofrece
Gaia Education, una ONG internacional formada por personas con años de experiencia y vida en ecoaldeas, en colaboración con la Universitat Oberta de Catalunya, UOC. Se trata de la versión virtual de un programa de estudios —EDE: Ecovillage Design Education—, desarrollado por Gaia Education y que cuenta con el apoyo de Naciones Unidas, dentro de la Década para la Educación en Desarrollo Sostenible, DESD. El curso se ofrece en numerosos países del mundo, tanto en ecoaldeas como en instituciones académicas. Y con una pequeña aportación por mi parte, también en varios países latinoamericanos.
En 2009 hice un viaje a Colombia, invitado por mi amiga Elsy Serrano, a quien había conocido un año antes en Londres, en uno de los encuentros Worldwork que he comentado antes. La vitalidad de ese país y de sus gentes, su franqueza y alegría contagiosas, impulsaron en mi el deseo de conocer mejor Latino América. El siguiente viaje sería en noviembre 2010 a México, sólo que esta vez no fui solo. Me acompañaba Nuria, mi pareja. Nuria llegó a Artosilla atraída por el proyecto de comunidad Taldea. Nos fuimos conociendo lentamente, sin prisas, hasta que un día, una bonita tarde de primavera caímos uno en brazos del otro. Recuerdo que fue en Sandías, un pueblo abandonado cercano a Artosilla, con un sol radiante iluminando el cielo y una espectacular vista del Tozal de Guara. A partir de ese momento, Nuria me ha acompañado a casi todos los sitios. El viaje a México nos llevó primero al Llamado del Águila, X Consejo de Visiones de Guardianes de la Tierra, un encuentro multitudinario en un paraje grandioso. Allí pude encontrarme con un buen grupo de activistas sociales y espirituales, todos ellos comprometidos con la creación de un mundo mejor. Allí se armó lo que sería el Primer Encuentro Iberoamericano de Ecoaldeas, que se habría de realizar al año siguiente en Colombia. Y al que también fuimos Nuria y yo. El Llamado de la Montaña, como también se llamó el encuentro colombiano, atrajo a casi 500 personas de numerosos países del mundo. Fue una semana intensa de reuniones y contactos, pero también de rituales, danzas de paz y fiesta. Durante el encuentro creamos Educación Gaia, como una plataforma de apoyo a la difusión de las actividades de Gaia Education en el mundo de habla hispana. Y surgió la posibilidad de organizas sendos cursos EDE al año siguiente, en Chile y Colombia. Después del Llamado, Nuria y yo nos fuimos unos días al Caribe, estuvimos en Santa Marta, Taganga, Tayrona y el norte colombiano, la Guajira. Fue un viaje precioso, que sentó las bases para una idea que llevábamos en marcha: viajar durante uno o dos años por toda América.
Desafortunadamente, las cosas no suelen salir exactamente como uno las piensa — en eso consiste la sabiduría, en saber amoldarse y fluir con lo que la vida te ofrece en cada instante, sin apegos — y a la vuelta de Colombia descubrimos que Nuria tenía un cáncer de pecho. Durante unos meses vivimos bajo estado de shock, ya que en la medicina convencional sólo se avenían a amputar y bombardear con quimio y radio, cosa que Nur rechaza de plano. Después de mucho buscar, pudimos encontrar alguien que nos ayudó en este proceso, dándonos esperanza y una manera de enfocar las cosas. Aprendí mucho sobre el cáncer en esos meses, leyéndome varios libros y artículos, lo que me permitió descubrir el inmenso chanchullo que existe alrededor de este tema, en el que al parecer el negocio prima sobre la vida de las personas. Más tranquilos, decidimos aparcar la idea de un largo viaje americano, pero puesto que nos habíamos comprometido con gente en Chile y Colombia para colaborar en la realización de dos cursos EDE en esos países, apostamos por un viaje de 3 meses a partes iguales entre los dos países. Así que el 31 de diciembre de 2012 estábamos viajando de nuevo para América, ahora a Chile, asentándonos inicialmente en El Manzano, un centro de formación en sostenibilidad, desde donde nos acercamos al Pucón y pudimos conocer muchos lugares interesantes. También estuvimos en Santiago y visitamos el eocentro Eluwn. Con una sensación inmejorable dejamos Chile con ganas de volver. En Colombia participamos en un EDE itinerante que nos llevó a visitar varias ecoaldeas, una ruta fascinante en la que estuvimos muy bien acompañados todo el tiempo. Como colofón de nuestro viaje pasamos unos días en el Pacífico colombiano, en Ladrilleros, en una casa sin luz ni gas para cocinar, pero con un encanto especial, y junto al mar. Un mar cambiante, susurrante y cálido en marea baja y aguerrido y bravo en marea alta, cuando golpeaba con fuerza el acantilado. Ya en España, mi mente no hacía sino recordar una y otra vez cada uno de los momentos vividos, tan ricos, tan llenos de gente hermosa y entregada… que sólo podía pensar en volver.
Ahora mismo estoy embarcado en un nuevo proyecto, El Camino del Élder (www.elcaminodelelder.org), en el que recojo mi saber y experiencia de los grupos con nuevas ideas y habilidades para ser mejor persona. Sigo leyendo y escribiendo tanto como puedo. Aspiro a encontrar una paz interior tan profunda como constante y ser capaz de transmitirla a la gente que me rodea, de irradiarla al mundo. Y a bailar más, y danzar con la vida cada día.