Actitudes y facilitación

Los seres humanos nacemos dentro de una cultura particular que interiorizamos a través de la educación y de nuestras experiencias sociales (socialización). A través de nuestra participación en diferentes grupos vamos añadiendo matices a esta identidad básica que se gesta en los primeros años de vida, y que se va poblando poco a poco de valores, creencias, pautas de comportamiento… y actitudes. Los psicólogos sociales definen ‘actitud’ como una evaluación o predisposición interna hacia alguien o hacia algo, que puede positiva, negativa o neutra. En función de esa predisposición interna, a veces inconsciente, nuestra manera de relacionarnos con la persona o el objeto en cuestión cambia, influyendo en nuestra conducta y actitud corporal.

En el curso de sus investigaciones para una terapia humanista centrada en la persona, el psicólogo norteamericano Carl Rogers llevó a cabo diferentes estudios que mostraron que el elemento más importante para el éxito de una relación terapéutica es el clima relacional creado por la actitud del terapeuta con su cliente, indicando tres factores actitudinales clave para asegurar un buen clima relacional: congruencia, aceptación incondicional y empatía. Rogers creía que un terapeuta que encarne esas tres actitudes básicas reúne las condiciones para que su cliente pueda expresar con más confianza sus verdaderos sentimientos, sin temor a ser juzgado por ello. Para lograr esto, el terapeuta debería evitar todo intento de desafiar la manera en que sus clientes se comunican en la sesión, acompañándoles desde el cuidado en la exploración profunda de sus asuntos más íntimos sin influencias externas. Rogers creía que las respuestas a las preguntas de sus pacientes estaban dentro del propio paciente y no del terapeuta. En consecuencia, el papel del terapeuta es crear un ambiente de facilitación y empatía en el que el cliente pueda descubrir por sí mismo las respuestas que necesita (…)

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